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Todo lo que entendí de mi madre

Ahí estoy yo… mirando el mar. Siempre he pensado que, como estas olas, en el mundo no hay. He recorrido mares, sierras; he visto ríos y riachuelos, pero como este mar jamás he visto. Su azul intenso, con notas de celeste y esas curvas blancas matizadas, me llenan de vida.

Las olas bañan mis pies descalzos, la arena fina y corrediza los abraza cada vez más, dibujando un hueco en el suelo que solo yo habito.

Hay quienes dicen que odian el sol, pero querido sol, yo te amo. Y te amo más ahora… en esta manera en que calientas mi piel, mi rostro, y me haces brillar.

—Te vas a insolar, niña —diría mi madre.

Y entonces yo sonreiría…

Esas palmeras a lo lejos me recuerdan a casa, porque justo hay unas, más lindas aún, en el centro del patio. Crecen altas, inmensas, y se yerguen libres.

Ver danzar las olas me relaja; me siento tan dentro de mí. ¿Será que ser acuario provoca eso?… Pero no, acuario, contradictoriamente, es un signo de aire. Aunque, tal vez, es libre… al igual que las olas.

Cada ola me invita a entrar, a sumergirme, a tapar mi cabeza con agua y a nadar… Pero en aquellas clases de natación que me puso mi madre creo que aprendí muy poco. Me quiero lanzar y convertirme en una de esas olas brillantes. Quiero doblarme como ella, ondularme con ella, oler a mar como ella… pero no me atrevo. Soy el bien más preciado de mi madre.

Mi madre…

Mi madre está en mis manos, en mis pies, en el brillo de mis ojos también. Forma parte de mí, estando cerca o estando lejos.

“Todo lo debo a mi madre” y no es una frase vacía…

Dicen muchas cosas que no vemos. Como que antes de venir a la tierra elegimos a nuestros padres, y que son los mejores que podemos tener. Nos cuidan como ángeles en la tierra y, con su actuar, nos dan las primeras enseñanzas. Camino como mi madre, río como mi padre, se me va la olla como a mi madre… Ellos son los elegidos porque son los mejores para lo que tenemos que aprender.

Mi madre se convirtió en todo. Tiró los tacones, la ropa elegante, el maquillaje perfecto, la risa perfecta, la vibra perfecta, el amor alocado, el momento idealizado… y se convirtió en madre.

No sé si ella calculó conscientemente la dimensión de ser madre. “Madre no es solo parir”, así dicen los mayores… Y sí, madre, es más. Es no dormir. Es activar las alarmas de por vida. Es enfermar cuando enferma tu hijo. Es sanar junto a él. Es volver a recorrer las edades ya transitadas. Pero, lo más importante, para muchas, es también ser feliz.

Es ser feliz de una manera especial.

Los momentos esenciales no se retratan, no se explican, no se gritan… solo se cierran los ojos y se sienten.

¿Has besado con los ojos cerrados?

¿Te has parado en una ventana, en el piso 22, has mirado toda la ciudad, has respirado profundamente y has cerrado los ojos para sentir su vibra?

¿Has abrazado cerrando los ojos y los brazos?

O, como yo ahora, ¿has dejado que el aire del mar toque cada milímetro de tu piel y no te ha quedado otra que rendirte y cerrar los ojos?

Imagino que esa sensación es la que tuvo mi madre al tenerme en sus brazos… cerrar los ojos, sostener mi manita, pegar sus labios a mi frente y pensar: “me tienes”.

No pensó “te amo”; sería un cliché. Ella eligió “me tienes”, y eso significa que, pase lo que pase, ahí está ella, en cuerpo y alma.

No todos saben decir “me tienes”. Decirlo es dejar de tener… para estar, incondicionalmente.

Ese primer momento tan especial no lo imagino con sus ojos abiertos… porque es uno de esos momentos que se sienten hacia adentro, que te drenan de verdad, que te aflojan el alma, que te inundan de un amor tal… que de una entiendes que tu vida ahora es parte de esa vida.

“De tal palo, tal astilla” … ¿y de tales padres, tal hijo? No.

Las madres entienden, con la maternidad, que cada hijo tiene su estrella, su forma… que cada uno vino con su mochilita. Y la función de la madre es hacer que esa mochilita, tal como es, brille. Que brille como solo puede brillar un hijo para su madre.

Más profundo aún: las madres entienden el desafío de lograr, en vida, que la mochila de su hijo sea perfecta. Perfecta para vivir en sociedad, para amar, para pelear, para llorar, para levantarse, para besar, para soñar, para triunfar, para seguir.

Una madre se fue… dejó a sus hijos pequeños. Pasaron los años y otra ocupó su lugar. Al regresar, la madre de crianza vio cómo los hijos borraron el pasado en segundos y corrieron a abrazar a la madre real. Miró con tristeza… pero entendió que: madre es madre.

Hay algo especial en ser madre… ¿será biológico? ¿ancestral? ¿genético? ¿O el hecho de crear esa vida te ata a ella para siempre?

Un hijo gritó a su madre:

—¡Madre, es suficiente! Me voy de tu casa…

No se sabe quién tenía la razón, ni por qué… pero todos vieron el portazo. Y la madre no salió de la casa por días. Lloró en silencio, extrañó en silencio, aguantó en silencio… porque la que es madre, ama como quiera. Entiende que lo perfecto e imperfecto de su hijo es parte de su mochila. Que el portazo desgarra el alma… pero el hijo siempre será hijo.

Mi madre dice:

—Cuando eras niña te hacía las motonetas más hermosas, con los lazos rosas más lindos.

—Cuando te dejaba en el jardín, caminaba cuadras y aún te sentía llamándome: “mami, mami, no me dejes aquí”… y, aunque quería volver, debía dejarte, porque te estaba dando agallas para la vida.

—Cuando te fuiste a la universidad, lloré… y entendí lo que se siente con el nido vacío.

—El día que te graduaste quería gritar a los cuatro vientos: lo logramos.

Cuando escucho a mi madre contar todo eso, entiendo que ser madre no se acaba nunca. Es un concepto que se sostiene en el tiempo… intenso, permanente, latente.

¿Amo como ama mi madre? Quizás no… pero hay algo en la esencia de mi amor que viene de ella.

Me atrevo y doy unos pasos más. El mar abraza mi cintura… ¿cómo puedes visitar el mar y no mojar tu cuerpo?

Me sumerjo. Dejo que las olas me tapen. Me quedo en ese silencio único por unos segundos… saco la cabeza lentamente, rompiendo el ciclo de las olas… y pienso: ahora entiendo a mi madre.

Los años me han hecho entender que detrás de aquel pantalón quemado por la plancha cansada había una mujer que quizás ya no podía más. Que detrás de aquel grito había amor. Que detrás de aquel “no” había un “sí”: a hazte fuerte, a supéralo, a debes continuar.

Hoy veo a mi madre como madre… pero también como mujer.

Mi madre es mi todo. Tengo su amor genuino, sus risas grabadas, su fuerza impregnada… y también sus miedos y contradicciones. Ella aceptó mi mochila… y la llenó de cosas preciosas.

Esa mochila viajera es la que me hace moverme por el mundo… sabiéndome completa y capaz.

Mis manos toman agua del mar y la llevan a mi rostro… y, en un acto de rebeldía, las gotas escapan a su nido: primero a chorros, luego a gotas, hasta dejar solo huellas en mí.

Extraño a mi madre. Su voz, su abrazo, su “te amo” en la mirada.

Sé que estoy de vacaciones… pero si mi madre estuviera aquí, ya me estaría diciendo:

—¡Niña, sal de ahí!

—¡Cuidado con las olas!

—¡Eres mi todo!

—¡Niña, el mar es peligroso!

—¡Qué va! ¡No entiendo cómo puedes ir tan lejos!

—¡Niña, ven para acá, vamos a hablar!

Y después… les diría a todos:

“Mi hija nada como un pez… es la que mejor sabe nadar”.

Este ensayo forma parte de mi libro “50 maneras de decir te amo, mamá”, una obra nacida desde el corazón, donde cada palabra busca abrazar, agradecer y honrar ese amor que nos forma para toda la vida.

 

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Es un regalo perfecto a las madres, una forma especial de reconocer su amor y todo lo que hacen cada día.

Quizás allí encuentres otras maneras de decir eso que a veces sentimos… pero no siempre sabemos cómo expresar.

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