Entonces volvieron a sonar los tambores, las flautas y las panderetas. Y tres horas después cayó en el piso, con la mirada fija en sus ojos grises.
Ella, como casi nadie, cerró ese proceso.
Lisa lo conoció en la universidad. Por sus maneras de ser, a simple vista se veía que nunca hubieran conectado. Si ella iba caminando por alguno de los bosques de pensamientos de la inmensa escuela, sus miradas jamás se cruzarían.
Miró la flor y dijo: —Se acabó la agonía, qué extraña flor, solo tenías cuatro pétalos, maldita. Sostuvo con desdén el tallo, con el único pétalo sobreviviente a su desespero, y dijo: ahora desborda, ahora ahogada. —¡Me voy! ¡Me voy! ¡Me voy!