Te crees mejor que nadie y se nota. Quiero que me lo digas de una vez. ¿Acaso vas al baño en urnas de cristal, o comes manjar de la India mientras expones toda tu suciedad? Tú, ser sin vida ni alma, que me miras buscando algo que no existe en ti. No soy espejo de tu tormenta; por eso, ahora mismo te borro de mi vida. No quiero a quienes no son, no quieren y pretenden no dejar ser.
—¿Le dijiste eso, Dalia? —preguntó Brenda, sentada frente a ella en un banco junto al Puente de la Mujer, en Puerto Madero.
Brenda vestía un jean azul claro y una camisa blanca desabotonada en el primer botón. Su pelo crespo se extendía en todas las dimensiones y reaccionaba a las palabras de la enfadada Dalia, quedando firme, contracturado, irguiéndose auténticamente sobre su cabeza.
Dalia era una mujer elegante, de esas mujeres cuya cabeza parecía haber nacido ya sostenida por una corona al cielo, de esas mujeres que detonan pura clase sin decir palabra. Sostenía una copa de champagne porque, bien decía Napoleón Bonaparte: “En la victoria te lo mereces y en la derrota lo necesitas”. Esta era su pequeña victoria.
Ella decía, con un tono algo elevado y tapado por el ruido superior que habitaba aquel concurrido lugar:
—Si me tocas, salto; no hay forma de que me abofetees y ponga la otra mejilla. Eso, conmigo, no va. Los silencios que enferman no se hicieron para mí. Yo, si no me gusta, lo hablo; yo, si no estoy de acuerdo, confronto. Y no se trata de que tus palabras me afecten, se trata de que tú no eres mejor que yo. ¡Que levante la mano el sano!
Dijo y miró a su alrededor como buscando al que se atreviera a levantar la mano. Nadie la miraba, solo Brenda, que trataba de entrar en su psicología a través de sus palabras. Conociéndola bien sabía que alguien había herido su ego. Probablemente tuviera razón, pero su estruendosa manera de reaccionar siempre destrozaba todo lo que quedara cerca de la explosión que solo ella podía encender y apagar.
Brenda, que hacía tiempo no veía a su amiga, estaba sentada a su lado, tomando cierta distancia dictada por el tono explosivo de Dalia y sosteniendo un trago de ron al strike. Sí, porque hay conversaciones que, como decía la tía Cris, llevan un trago fuerte para que el aire fluya mejor y las palabras bailen solitas.
Brenda movió la cabeza tensamente. Era un ser de paz y de desechar lo que no le hacía bien, pero sabía que debía sostener esta tormenta para su amiga. Entonces preguntó:
—Pero, ¿quién se atrevió a juzgarte? No acabo de entender.
—La maldita vecina, Brenda. La maldita vecina de al lado… No la conozco, no sé de dónde salió, ni tan siquiera te puedo decir el color de su puerta. Solo sé que vive en el portal de una casa polvorienta.
Tenía que hacer la presentación de la nueva app, esa que te conté que llevábamos meses en total dedicación. No desayuné. Salí tarde para la oficina y me vestí con un blazer que apenas planché, te confieso, el primero que vi, porque no me importaba la estética ese día, me importaba llegar. Ella estaba parada en su puerta con ojos que miraban a todos lados a la vez y, al pasar por su lado, no escapé de su radar. La escuché decir: “Mira la mugrienta esta cómo va a la oficina, y se dicen profesionales de la nueva era”. Mientras decía esas palabras me señaló con el dedo como jueza de las pasarelas de moda del barrio.
—Qué dura esa señora —respondió Brenda con un suspiro y alzando las cejas. Molesta por la ofensa a su amiga, dijo:
—Pero no te volteaste y le dijiste quién eras. No le dijiste que eres un ser humano bello. Que tu familia y tus tres mejores amigas te aman. No le hablaste de lo que carga tu piel, no mencionaste tus logros. No le dijiste que eres de las que se paran en cada cuadra a regalar monedas. No le dijiste que tu risa es la que llena las almas de este grupo diverso. O mejor, ¿no la mandaste a revisar el contexto de la mugre de la que hablaba? ¿No la invitaste a mirarse? Es increíble cómo hay personas capaces de juzgar antes de pensar.
—Te digo algo, Brenda —dijo Dalia—. Con su mierda hice un ejercicio ese día. Realicé un análisis de mi entorno. ¿Y adivina qué? Ese día escuché a todos hablar de todos.
—Escúchame bien: todos hablaban y juzgaban a todos. Uno decía que si este, otro que si aquel. Personas con la vida hecha una mierda. Uno, que cada tanto habla de la culpa de su exesposa en su vida actual y tiene toda una teoría de por qué por esas razones no avanza, ese, criticaba a uno por comer a deshora. El que comía se reía de la que se sentaba al fondo porque su tono de voz era grueso e invasivo. La otra hablaba de la chica de la otra oficina… en fin… ¿Cómo se atreven? ¿Cómo no son capaces de limpiar su desastre? ¿Cómo son capaces de llamar irresponsables las situaciones de otros y circunstanciales las de ellos?
Las amigas de Brenda y Dalia no habían querido ir hasta Puerto Madero ni caminar por toda la Calle Florida, en el Microcentro. Prefirieron dejar su energía para la salida del día siguiente.
Lucía había visto la cara de Dalia y pensó: está enojada por algo. Se acercó a Laritza y le susurró al oído:
—¿De qué tienes ganas?
—De algo leve. No estoy para emociones intensas —respondió Laritza.
—Nos quedamos —dijo bajito Lucía.
Y de espaldas a sus amigas cruzaron deditos.
A las diez de la noche ya estaban acostadas con sus pijamas, que lucían una alegre foto de las cuatro integrantes del batallón. Su lecho era una cama desordenada con sábanas blancas de la habitación 306 del Hotel Brighton. El televisor encendido expandía la voz de Alejandro Sanz por todo el lugar mientras cantaba: “Amiga mía no sé ni decir ni qué hacer…”.
Entonces Lucía interrumpió a Alejandro y dijo:
—Sabes, estaba en la clase de pintura y la profesora dijo: “Hagamos críticas constructivas del trabajo de los compañeros”. Y de pronto llegó una señora de unos cincuenta años, con manos atrás de la espalda, se paró frente a mi cuadro y comenzó a hablar de una manera que yo sentía que cada palabra suya lo destrozaba. Lo hacía con maldad, con veneno. Yo veía la oscuridad en sus ojos.
Laritza respondió serenamente:
—Hay personas que necesitan un motivo para ponerse una máscara y decir su verdad. Las críticas no eran para tu cuadro, eran para ella. No le dediques energía.
Lucía continuó en tono reflexivo:
—Sí. Lo curioso es que, si no hablara en clase, la verías como una persona elegante: llega, saluda, abraza… te dice “hermosa”, “cómo te ayudo” … pero su manera de criticar era tan avasalladora, contrastaba tanto con su andar. Su verdad era esa crítica fría y vacía. No tenía que gustarle el cuadro, pero hay formas y formas.
—Ahora yo te pregunto —dijo Laritza—: ¿por qué estamos hablando de esto? ¿No se supone que estamos en detox de las calamidades humanas? Deja a la señora fuera de esta burbuja que construimos tu y yo.
Diciendo esto se acurrucó a su amiga y dijo bajito:
—Nada me molesta, estoy en paz.
—¡Es cierto! —dijo Lucía—. Te cuento algo positivo… A todos les encantaron mis cuadros, menos a la innombrable, estoy muy feliz: mis cuadros irán a mostrarse en una colección en el Conservatorio Nacional.
—Qué belleza. Iré a verlos. ¿Cómo se llama la obra?
—“Mírate si puedes”
Laritza sonrió y, mirando a su amiga, respondió:
—Te miro y puedo.
Lucía devolvió una sonrisa convertida en carcajada y dijo:
—No, no… mírate tú, ¿puedes?
Laritza no la miró a los ojos, ni tan siquiera quiso probar si podía mirarse o no, porque ese día ella estaba para emociones leves. Entonces prefirió cambiar el tema preguntando:
—¿Qué estarán haciendo Brenda y Dalia?
Brenda y Dalia seguían presas en el remolino generado por Dalia y que Brenda trataba de apaciguar, de dejar ser, pero nunca apagar, porque hay verdades que, aunque sea al viento deben ser contadas.
Dalia se levantó del banco, como poseída por alguna energía que invadía el lugar y se hacía más fuerte ante cada palabra suya.
—¡Te crees mejor que nadie!
¡Te crees mejor madre!
¡Mejor padre!
¡Te crees que llenas los vacíos de alguien!
¡Te crees dueña de causalidades para pensar que una palabra tuya puede modificar algo! Peor aún: tus críticas no construyen, son como cizañas gestadas por la ausencia constante. Es increíble que te creas mejor que nadie y entonces uses tu voz para hacer juicios y juzgar.
Brenda la miraba sin pestañear. Ya para ella era suficiente…
Dalia bebió un trago de su champagne ganador y siguió:
—Lo siento, Brenda, pero me niego a tragarme toda esta mierda de la gente que se cree algo que no existe. Haré mi catarsis… porque me hace bien… ya después volvemos al espíritu de Buenos Aires.
—Amiga —dijo Brenda—, no te dejes llevar por la crítica de la gente. Mira: la gente critica hasta lo que no ve. La gente busca palabras que no existen para dedicar a otros. Si lo pienso, he convivido con la crítica y el juicio toda la vida. En momentos, una crítica me ha hecho reconstruirme para bien, porque me he preguntado cómo ser mejor, cómo solucionar eso que se torna discordante; y otras veces simplemente las he tomado con mis propias manos, las he arrugado y las he diluido con el tiempo.
Tú sabías que la gente critica por supervivencia; hay quien no sabe vivir. La gente critica por identidad: que si es blanco, que si es negro, que si es gringo o latino, si es hombre, mujer u homosexual. La gente critica para ver quién tiene más poder o menos. La gente critica por ego…
En todos los casos, están espejando lo que les falta en aquello que aparece frente a ellos.
—No entiendo de eso, Brenda. Yo sé lo que me dices, pero…
—Vuelvo a preguntar: dime si alguno de ustedes se cree mejor que yo. Muéstrenme su perfección. Muéstrenme las flores de jardín con las que fueron construidos. Muéstrenme el aroma de jazmín que emite siempre su piel. Muéstrenme su fuerza aun cuando la vida los tire contra el piso; que me muestren que se levantan sonriendo… que me muestren, que se levantan reflexivos … que me digan que todo, sin importar qué, lo hicieron bien.
—No acepto críticas, Brenda. Te dije que ponga otro la otra mejilla.
Brenda tomó su último trago de ron. No habló. Solo miró a Dalia, entendiendo que necesitaba soltar toda esa mierda que ni tan siquiera le pertenecía. Porque Dalia, aunque era defensora de la libertad, colaboradora de ONG y escritora de libros de autoayuda, tenía un carácter corajudo y por mucho que le dijeran no iba a entender cómo, una vecina cuyo destino era habitar un portal de cuatro por cuatro hablara de su blazer arrugado por la prisa y no alisado por la decencia de hacer algo valeroso ese día.
Dalia la sacó de su reflexión nuevamente con su alma poseída:
—No puedo admitir esa barbaridad, Brenda. Dime: ¿acaso se creen mejor que yo?
Brenda se levantó, tomó su vaso de ron vacío, recogió la copa victoriosa de su amiga y, mientras caminaba hacia una mesa del puestecito llamado “Déjalo ir”, miró a Dalia y, poniendo la copa y el vaso sobre la mesa perfectamente alineados, preguntó con tono resignado y sabiendo que ese era su punto final:
—¿Qué haremos mañana?
Entonces Dalia, con una leve sonrisa, respondió:
—Salir con ellas y creernos mejores que nadie.
