El lugar de Miami que me conectó con Cuba

La Ermita de la Caridad

Este viaje a la Ermita de la Caridad es muy especial para mí. La Virgen de la Caridad del Cobre ha sido mi sostén, mi fe, mi conexión con Dios, tanto en mis alegrías como en mis penas. Por eso, donde quiera que exista un santuario dedicado a ella, deseo ir, rendirle mis respetos y mi fe.

Debo decir que este fue el lugar que verdaderamente me conectó con Cuba. Ver a la tan conocida Caridad del Cobre en todo su esplendor, rodeada de murales que cuentan la historia del país, me hizo viajar en el tiempo, como si recorriera mis antiguas clases de historia desde las épocas aborígenes.

Vi rostros alegres de devoción, cubanos con sus ofrendas de girasoles, otros con expresiones tristes, recogidos en sí mismos, como niños con ojos brillosos sentados en los bancos. Recuerdo también a una chica vestida de blanco, que parecía sacada de una pintura: miraba perdida hacia ese hermoso malecón, sus sandalias descansando en el suelo, como si estuvieran atadas a ese lugar que ahora debía llamar hogar, mientras las lágrimas caían de sus ojos.

Este sitio me conectó con mis raíces, con mi esencia. Aunque no a esa tierra, sino de otra, también soy migrante.

Y entre la devoción, la gratitud por poder visitar otro de sus santuarios, mi mirada perdida en esos muros que tanto me recordaban al Malecón de La Habana, el olor al mar de mis vacaciones de la niñez y el sentimiento de fortuna por estar ahí, yo también dejé caer una lágrima al mar. Le pedí a Dios que, si alguna vez regreso a Miami, sin duda quiero volver a ese lugar. Porque ahí, por primera vez en mi estadía, sentí a Miami tan majestuosa, sentí su alma.

También quité mis zapatos. También sentí el lugar. Y también compartí en ese momento icónico miradas llenas de amor. 

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