Allí estaba ella, sentada en el malecón de La Habana. Vestía como una diosa criolla: un largo vestido que rozaba el piso, con unos girasoles que poblaban cada curva de su cuerpo. Era alta, con curvas dominantes. Desde lejos se veía su mezcla perfecta. Le agregaron lindas curvas negras, pusieron ojos brillantes café y su pelo decía: bailo al vaivén de ese loco mar.
Ese mar, testigo de sus penas y sus alegrías. Ese mar azul, capaz de somatizar lo que sentía. Sus manos rozaban el muro como quien no lo quiere tocar, mientras sus grandes ojos café miraban al horizonte. Estaba estática, con pose escultural, sus hombros firmes y su cabeza en alto. ¿Acaso era la diosa de mil batallas? ¿ O quizás la reina de las risas? Pero ahí, tan serena, tan inmóvil, era difícil de descifrar.
Pasó el señor de la guitarra y, al mirarla, dejó caer un acorde. La miró y hizo un gesto que decía: ¡Qué mujer!, y siguió caminando, volteando su cara una y otra vez para admirarla. Todos la miraban; era una belleza descomunal, pero ella seguía inmóvil.
Entonces suspiró, abrió el bolso y sacó una margarita marchita, disecada por el tiempo. Arrancó un pétalo y dijo: me quedo. Salió una lágrima de su rostro y recorrió toda su mejilla; era una sola lágrima fría, racional. Arrancó otro pétalo y dijo: me voy. Entonces tragó el aire con pesadez, como quien no quiere que su vida se vaya. Lentamente arrancó el tercer pétalo y sonrió irónicamente:— me quedo. Miró la flor y dijo: —Se acabó la agonía, qué extraña flor, solo tenías cuatro pétalos, maldita. Sostuvo con desdén el tallo, con el único pétalo sobreviviente a su desespero, y dijo: ahora desbordada, ahora ahogada. —¡Me voy! ¡Me voy! ¡Me voy! ¿Escuchaste, malecón? Yo me voy y tú, tú te quedas; te quedas con mis recuerdos, te quedas con mi presente y, por si acaso, quiero que sepas… que te llevo a mi futuro.
Con el puño cerrado golpeó el fuerte muro, el centenario muro capaz de aguantar cualquier embate. Ahora señaló con el dedo a ese malecón que la vio crecer y le susurró con desdicha: —Me voy y quiero que te quede claro que no sé si regrese. ¿Me extrañarás acaso? ¿Soportarás mi ausencia?
No es que quiera que te enfades, no es que planee molestarte, pero amigo, ella lo eligió. La margarita de la suerte eligió por mí, y yo no podía seguir así. Así que nada… hizo una reverencia agarrando las puntas de su vestido, flexionó su cabeza frente a aquel inmenso mar y ahora susurró: —No renuncio a ti, solo me voy. Cerró el bolso fuertemente. Ahora llovía sobre su rostro, grandes lágrimas de sal, de sal como el sabor de aquel mar. Se giró con un demi-tour y caminó lentamente, sin mirar al mar, solo al frente, solo en línea recta, solo adelante, solo hacia el futuro.
