Mientras festejaba el éxito de mi amiga, mi padre se moría.
Hay sensaciones que trascienden el cuerpo, el alma y la mente. ¿Cómo se explica la intuición? ¿Es acaso la protectora de los malos pasos o quizás la que anticipa las tormentas? ¿Es el ángel oculto que susurra al oído las verdades que nuestros ojos no ven?
Ese día amanecí tan rara, el cuerpo amarrado y mis niveles de energía por el piso. Aun así, el nuevo día me esperaba y, como un mantra, la palabra actitud se apoderó de mí: actitud para vivir, actitud para sentir, actitud para seguir, actitud para hacer lo que no tenía ganas de hacer.
Me miré al espejo y dejé que mis ojos cafés penetraran mi ser. Me miré fijamente y, mientras dibujaba mi rostro con la mirada, veía la mirada de mi padre, el brillo en los ojos de mi madre y el vacío que solo mis ojos podían sentir.
Mi corazón decía: día de tormenta, pero me obligué a mentirme: “Hoy es un lindo día”.
Hay veces que la realidad agobia, hay veces que la verdad nos saca del idilio. Entonces preferimos escapar, mintiéndonos, contradiciéndonos, manteniendo el fluir del ahora.
Mi padre había enfermado. La última vez que lo vi lo sentí tan diferente, como un augurio. Su mirada y su andar confundían la mente. No supe si estaba siendo frío o distante, no supe si se apartaba; en verdad, quizás no lo conocía tan bien. Yo solo conocía el lado amable, el lado que mostraba en las horas que pasamos juntos algunos días de la vida.
Si contara todos los días que pasamos juntos, ¿cuántos serían?
Si bien estaba presente, su amor y su presencia eran distantes. ¿Cómo saber que, a pesar de la eterna lejanía, estábamos tan conectados?
Alguien dijo que, al morir uno de los padres, un caudal de energía se libera y los hijos —herederos de cromosomas, costumbres, gestos, olores, dolores, sueños y esperanzas— pueden percibirla, aunque estén a miles de kilómetros de distancia.
Mi amiga llegó a la oficina con una sonrisa que ocupaba toda su piel:
—¡Hoy me gradúo!
Todos fuimos a abrazarla.
—¡Felicidades, Nayra! Qué gusto que hayas terminado la carrera.
Lucía dijo:
—Bueno, no termina la carrera, apenas la comienza. Después que te graduas empieza la vida laboral; te das cuenta de que todo lo aprendido mientras estudiabas son solo herramientas básicas.
Luis, con voz sabia, siguió:
—Recuerdo el día que me gradué. Lloré tanto… Me había costado tanto. No tenía muchos recursos y mi madre se esforzó mucho. Estudié muy fuerte y ese día, cuando el profesor dijo: “Bienvenido, ingeniero Luis González”, algo dentro de mí estalló. El propósito cumplido, la promesa lograda, el peso que llevas cuando muchos están esperando que tus sueños se hagan realidad.
Se hizo un gran silencio. Luis alzó la mirada y cerró su catarsis:
—Es difícil ser el hijo mayor de un matrimonio divorciado. Crees que debes solucionarlo todo, cargas con un peso que no te pertenece; aún hoy lidio con la sensación de tener que velar por todos, por mi madre y por mi hermano.
Mi amiga, que no amaba esos momentos de profundidad, dijo:
—Vamos, Luis… al final lo lograste.
—Felicidades, amiga —dije, y la abracé—. Hoy te festejamos.
Nos abrazamos y algo dentro de mí se movió. No era felicidad por ella, sino nostalgia. Mi corazón se volvió un puño de acero y golpeó fuerte. Llevé la mano al pecho, esbocé una sonrisa social y fui a mi puesto.
Miré mis mensajes. Nadie me había escrito de casa. Ni una letra, ni un suspiro. Nada. Mi nostalgia se agudizó.
Escribí a mi hermano:
“¿Cómo están?”
Después supe que, ante la gravedad del asunto, prefirió callar.
Mi hermano sintió lo mismo. El corazón también lo golpeó. Tomó un taxi y llegó hasta donde la energía se desvanecía. Al llegar, mi padre agonizaba. El aire se le iba. Se despedía… sin querer hacerlo.
Hay despedidas que no están en nuestras manos.
Hay despedidas que tienen que ser, aunque nos partamos en dos.
Hay despedidas que no alcanzan para decir adiós.
Hay veces que no da tiempo a arrepentirse, que no da tiempo a pedir perdón.
Hay despedidas que llegan para recordarnos que no tenemos el control de nada.
La última vez que hablamos ya era una despedida, y yo callé mi mente con el mantra: “No sé qué me pasa”. Lo acompañé al médico y, cuando nos despedimos, pasó en taxi frente a mí. Al pronunciar mi nombre, sacó su brazo por la ventana y dijo adiós. Algo dentro de mí se desprendió. Lo pude sentir.
Decir adiós siempre me arranca lágrimas. He quedado marcada por la distancia, por la soledad de los kilómetros que me separan de la gente que quiero, y esa sensación se convirtió en un constante “no sé qué me pasa”.
Llegó la noche, llegó la fiesta. Llegué con la premura de quien sabe que llega tarde. Me bañé, me vestí diosa: diosa de amor, diosa de calma, diosa de resplandor, diosa de resignación, diosa de aceptación. Y entonces hice una pausa. Volví a recorrerme con la mirada… una mirada afligida, triste, cansada, sola.
Volví a escribir a mi hermano:
“Amor, ¿cómo están?”
Esta vez respondió:
“Estamos bien, mañana te llamo”.
Llegamos a la fiesta. Estaba su familia completa: madre, padre, abuelos, hermana… todos celebrando el logro. Entre risas, abrazos, brindis.
La abuela, una cálida señora de 80 años, con cabello blanco sostenido sobre los hombros y unos ojos azules preciosos, que delataban la belleza pasada, se levantó pesadamente, agarró una cucharita y dio tres toques sobre la copa. Todos en silencio la miraron y entonces la matriarca de esa familia dijo con voz dulce, sabiéndose la dueña de la armonía familiar:
—Mi hermosa nieta, quiero decirte unas palabras. Ahora qué crees que te independizas del hogar. Primero, ¡felicidades, amor! Me hace tan feliz poder presenciar este logro.
—Te miro y pienso en mis padres, mi padre con tres trabajos para darnos de comer y yo apenas pude ser costurera. Te miro y pienso en mis hermanos, que con tan poco logramos tanto. Construimos el negocio familiar, bajo el lema de la unidad familiar, bajo el principio de que nuestro amor siempre estaría por encima de los logros profesionales.
—Te miro y no puedo dejar de pensar que eres parte de nuestro legado, que eres parte del resultado de nuestras acciones.
— Solo puedo desearte amor, humildad, convicción y que siempre, sin importar qué, defiendas tus ideales. No hay maestro más claro que tu corazón, ni ojos más visionarios que tu sabiduría interior.
—Como familia estamos felices de que hoy nuestros hijos y nietos vayan a la universidad, porque sabemos que lo que aprendas lo pondrás en función de tu bien, del nuestro y de todos.
—Felicidades, mi linda nieta, mi regalo para ti es mi diario. Cuando no esté y me extrañes, cuando la carrera más dura te haga jugar tus cartas, aquí te dejo las que yo jugué.
Extendió la vieja libreta forrada en un gastado cuero y entonces mi amiga la abrazó. Todos aplaudieron:
—¡Que viva la abuela!
—¡Felicidades, abuela, tu nieta es ingeniera!
Lloré ante aquellas magistrales palabras, mientras mi corazón me golpeaba el alma y mientras mi mente pensaba: qué me quieres decir, apasionado corazón, qué me dices que no se atreve a descifrar mi alma.
—Pásame una mimosa, Lucía.
Agarré la mimosa, di un sorbo y dejé que la melodía me envolviera mientras me moví suavemente al vaivén de la música. Llegó mi amiga y nos abrazamos.
—¡Lo lograste! —dije.
—¡Qué feliz estoy! —respondío.
Y, abrazadas, dejamos que la música nos envolviera. Saltamos, nos curvamos, nos ondulamos, sonreímos, chocamos copa con copa y dijimos:
—¡Éxitos!
Con sonrisas amplias. Entonces, mi mantra se convirtió en: “lo podemos todo”.
Mi hermano tuvo que correr con mi padre al hospital. Colapsó y el colapso no se resolvió. Quería decir algo, pero sus lindos ojos verdes se cerraron con las ganas de hablar, dijo adiós y la cruel despedida se lo llevó, se lo llevó quién sabe a dónde.
Entonces amaneció. Llegué más temprano que nunca a la oficina y, ante aquel espacio tan cerrado que hoy me ahogaba, armé mi puesto, abrí página en el trabajo de ayer y no pude estar más en esa silla que me sostenía cada día. Me levanté con apuro, como a quien agarran del cuello y se ahoga, salí de aquel ajeno lugar en el que no quería estar, abrí las puertas fuertemente y me senté en el banco de las penas.
En ese banco vi a personas con la mirada al vacío, vi a personas reír, vi miradas enamoradas, y hoy ese es el banco que debía sostener mi vida.
Entonces me senté en ese viejo banco. Noté que el banco estaba acompañado de un árbol que lo abrazaba. Miré el banco, miré a su amigo árbol y pensé: qué bueno no estás solo, el amigo árbol te acompaña.
En ese justo instante entendí que era cierto eso de las energías compartidas. Algo desprendió todas las hojas del árbol y todas volaron sobre mí, sobre mi cuerpo, sobre el suelo, sobre mi vida, y esa energía liberada la sentí en mi piel.
Mi piel se erizó y, de la nada y sin control, comenzaron a brotar lágrimas de mis ojos, los suspiros me ahogaron y las manos, en un acto de empatía, fueron a mi cabeza, sosteniéndola para no desvanecer.
No hicieron falta las palabras. Mi intuición se convirtió en el mantra y ya no pude esconderme en la mentira, ya no pude repudiar la idea de la despedida porque esta se convirtió en un hecho. Yo quedé marcada, una vez más, por la soledad y la escalofriante distancia.
No hicieron falta las llamadas ni los mensajes, porque simplemente entendí que mi padre había muerto.

Ufff que increíble, que triste pero que bello, fue como verte en la oficina, en el banco, sentir tu amor por tu padre, por tu familia. Gracias por compartir ese capítulo de tu vida que bien se, que ha sido de los más tristes y dolorosos para ti. Gracias por escribir y compartirlo con nosotros!
Querida Yusleydi.
Termino de leer tu precioso viaje interior, despidiendo a tu padre.
Conmueve y aflige tanto como cualquier episodio de la vida reflexiva.
Es imposible añadir nada más.
Acaso, un “hasta siempre” abrazado a un “hasta luego” y un sentido DESCANSE EN PAZ.
Que profundas palabras…!
Que dolor … Que ingratitud…!
La vida nos recuerda, no solo, que frágiles somos, sino también que debemos disfrutar a nuestros seres queridos siempre que los veamos, porque cada encuentro puede ser una despedida. Que duro …. Tu estabas lejos….muy lejos y eso deja una sensación muy triste… Tuve la suerte de conocer a tu papá….El Javao yo le decía…. muy seguro en su personalidad, le gustaba verse bien, a la vez muy buena persona…. Toda tu familia lo son….por eso tu no puedes ser diferente…
Sigue caminando Yuslita, sigue conquistando…y esos recuerdos siempre serán parte de ti….una mezcla de alegría con tristeza….pero guárdalos por siempre…
Muy conmovedor Yus, solo los que pasamos por esa terrible perdida entendemos el dolor tan qrande que se siente.Saludos.