Hay amores que no tienen explicación.
Lisa lo conoció en la universidad. Por sus maneras de ser, a simple vista se veía que nunca hubieran conectado. Si ella iba caminando por alguno de los bosques de la inmensa escuela, sus miradas jamás se cruzarían.
Ella era la típica chica que depositó su futuro en aprender todo lo que pudiera de las clases que recibía.
—Estudia, tu prosperidad viene de los estudios —decía la abuela, y esa frase quedó tatuada en su memoria.
Estudiaba hasta el cansancio, pero en verdad estudiar no era un problema; al contrario, era algo que amaba. Era divertida, aunque vivía en una dualidad que la hacía impredecible. ¿Cómo es posible pasar de la risa a la seriedad absoluta? ¿Cómo convertir la empatía en frialdad? Ella era maestra en esas artes.
¿Y él? ¡Dios!
Él era el galán de la clase, el pretendido por todas, el dueño de ilusiones de papel. Vivía el presente con visión de futuro. Era el aventurero sin límites ni miedos; que asumía cualquier riesgo con una naturalidad escalofriante. Su rostro parecía haber sido tocado por una sabiduría que solo se obtiene después de haber transitado muchas calles.
Para Lisa, él hubiera sido solo un amigo efímero; representaba todo lo que conceptualmente no perduraba.
Pero la realidad es que la vida es un misterio. Existen pactos del alma de los que somos inconscientes. Nos borraron la memoria, pero hay un hilo invisible capaz de mover hasta al más enraizado ser.
Carlos entró al aula una tarde cualquiera, con materias cualquiera y conversaciones cualquiera. Algún profesor decidió unir el grupo de él y el de Lisa porque debían recibir clases de máquinas computadoras al mismo tiempo; según alegó, había que aprovechar el tiempo y espacio. Esa simple decisión lo cambió todo.
En esa clase ocurrieron dos escenas contrapuestas: Lisa respondió todo lo preguntado bajo el ataque inquisidor del profesor; Carlos, en cambio, no respondió lo que se le preguntó directamente. Prefirió callar. Y su silencio hizo que Lisa, por primera vez, lo mirara.
Lisa sintió compasión. No responder una pregunta de ese profesor codicioso era convertirte en su blanco.
Cuando terminó la clase, Lisa se paró en la puerta y, cuando pasó Carlos, le dijo:
—Carlos, tenemos un grupo de estudio, ¿te quieres sumar?
Carlos la miró por primera vez y respondió:
—Solo si estudio contigo. No me gustan los grupos.
Lisa aceptó, solo porque todo aquel espectáculo que él representaba le despertaba curiosidad.
Después de esa corta conversación pasó algo increíble: comenzaron a comunicarse, a hablarse de día, de tarde, de noche. Empezaron compartiendo historias de sus parejas y terminaron escarbando en las más ocultas escenas de su vida. Fueron a sus casas fuera de la universidad, se presentaron a sus familias más queridas. Rieron de madrugada, lloraron en atardeceres, se aconsejaron con fuerza y se dieron algunos privilegios.
Era una conexión insólita, quizás de esas que pocos han vivido en la vida. Esas conexiones construidas hace siglos y que, aun hoy, si se activan, brillan más allá del cielo, de la luna y las estrellas. Así pasaron los años y llegó el momento de la graduación, el instante en que cada quien tomaría su rumbo. Por sus buenas notas, Lisa quedó como profesora, y él se fue a vivir a la ciudad.
La primera semana de trabajo transcurrió rápido, con las primeras veces habituales. El viernes, Carlos llamó a Lisa por teléfono:
—Te espero a las 5 p.m. en el Parque de la Fraternidad.
—Sí, amigo, ahí estaré —respondió ella.
Lisa esperaba ansiosa la hora de salir. Tomó el autobús escolar. Subió buscando una ventanilla fresca, porque aquel verano intenso era abrumador. Emprendió el autobús su marcha y, mientras los caminos quedaban atrás, ella miraba pasar las palmas, el sol iluminando su rostro, la tierra, los vendedores ambulantes, una madre abanicando a sus hijos, un chico llamando a alguien desde un balcón y, de vez en cuando, se preguntaba: “¿Carlos estará bien?”.
El grito ronco del chofer la hizo despertar de su ensueño:
—¡Llegamos, que tengan buenas tardes!
Lisa vestía jean azul ancho con camisa blanca y tacones rojos, muy diferente a su estilo estudiantil. Su cabello iba recogido en una perfecta cola que rozaba su espalda, y en su brazo sostenía un bolso que delataba su estilo intelectual. Caminó lentamente por el pasillo del autobús, buscando por la ventanilla a su amigo; agachaba la mirada, dirigiendo sus grandes ojos a la acera, hasta que por fin lo vio, parado unos metros más adelante.
Carlos estaba recostado a la pared de una enorme casa colonial; su pie apoyado en ella. Lucía casual pero elegante, con mirada oscura, profunda y tierna a la vez. Cuando vio a Lisa bajar las escaleras del autobús, caminó hacia ella con una leve sonrisa… y ahí ocurrió eso que suelen llamar magia.
Algo en el universo se cruzó. El tiempo se detuvo y la vida, como en las películas, comenzó a ocurrir en cámara lenta. Solo eran Lisa y Carlos caminando uno hacia los brazos del otro. El silencio se adueñó del lugar y se convirtió en el único testigo de aquel encuentro de almas. El aire era frío y cortante; no parecía que antes hubiera tanto calor.
Se abrazaron fuerte; parecía que se hubieran dejado de ver una eternidad. Nunca habían experimentado dejar de existir en el mundo para existir en ellos. Solo existían sus alientos, la respiración como símbolo de la vida. Estaban inmóviles: la cabeza de Lisa sobre el hombro de Carlos y la nariz de Carlos en su pelo. Su pelo que olía a rosas.
Quisiera decirles que fueron a las estrellas, o quizás que la luz atravesó sus cuerpos; quizás que encontraron eso que tanto buscaba el profesor en clase: lograr aprovechar el tiempo y el espacio… Pero la realidad es que no saben cuánto duró aquel insólito trance en el que dejaron de ser algo para convertirse en todo.
Cuando por fin regresaron al mundo, abrieron los ojos lentamente, como quien no quiere despertar, y apenas se escuchó un débil susurro que dijo:
—Te extrañé.

Estos momentos mágicos no se encuentran fácilmente. Es una fortuna poder vivirlos. ¿Has sentido esa magia alguna vez?
Hay amores que no tienen explicación.