Hay procesos que dominarlos lleva toda una vida. Los procesos tienen entradas que se transforman con una serie de pasos hasta convertirse en un resultado final. Esta definición la daría un ingeniero acostumbrado a resolver problemas y a diseñar, mediante patrones, procesos casi perfectos.
¿Pero si preguntaras a un niño qué es un proceso? Probablemente, con sus diminutas palabras y acento agudo, te diría que simplemente un proceso es ser.
La vida se compone de procesos; no hay nada que pudiera separarse de este asumido concepto. Respirar, comer, ver, caminar, sentir, oler: todos son procesos.
La realidad es que muchos procesos llegan a crear un resultado final, pero otros solo quedan en la idea, en el deseo, en lo platónico o, peor aún, olvidados.
Algunos procesos son simples: caminar hacia la ventana con la luna llena ocupando todo el lugar, dejar que ella ilumine la cara, respirarla cerrando los ojos y seguir la vida.
Este tipo de procesos, para algunos, es innecesario; pero para otros, este tipo de procesos es el sentido de la existencia.
Hay otros procesos más complejos. ¿Sabes lo que es aprender a cocinar con 30 años? Realmente se vuelve algo irracional; deberían regalar cursos de cocina desde la niñez. Una chica quería aprender, pero se le volvió tan complicado: medía las especias, ajustaba el fuego, elegía cuidadosamente qué alimentos transformar, qué maridaba mejor con vinagre, tomate y miel. Pero entonces pasaban procesos no planificados cuyos resultados finales eran comida quemada, comida salada, comida malvada…
En fin, a pesar de todos sus cuidados, su comida no salía muy bien.
—¡Benditas manos! —diría el señor que no tenía qué comer en una oscura esquina de la ciudad.
Pero en su casa, con la nevera llena y exigentes comensales, se llegó a la conclusión de que hay procesos que simplemente no son para todos.
El proceso de bailar empodera el alma. Mover el cuerpo lleva autocontrol; algunos distan de controlar melodías, tiempos, cadencia, ritmo y hasta las caras alegres. Pero otros, otros lo bailan todo: sacuden la tristeza, se llenan de risas, atesoran la grandeza de los pequeños momentos y se mueven como dioses enmascarados en la mundana tierra.
Esos son maestros del baile porque tienen bien aprendido el proceso: controlan el tiempo, sueltan el cuerpo, giran lento y rápido y aun así mantienen la esencia del movimiento delicado, natural y orgánico.
Alguien dijo: detrás de un gran hombre hay una mujer. ¿Cómo sería el proceso de definir a una mujer?
Diría: es madre, ella crea vida, ella sostiene la vida… Pero eso sería limitarla, porque la mujer no es solo madre; también es alma.
Pero ¿qué alma? ¿Acaso el alma de la fiesta o el sostén de un hogar? ¿Acaso también es muerte? ¿Qué diría Adán? ¿Qué dirían las generaciones de hoy al ver que la mujer ha logrado tanto desde aquel entonces?
Definir qué es una mujer se torna entonces un poco abstracto.
Mujer intuitiva, mujer medicina, mujer rabiosa, mujer sensual, mujer libre. Mujer sincera, mujer mentirosa… mujer.
Definir a la mujer es uno de los procesos más difíciles. ¿Cómo puede este ser encerrar tanta divinidad? La mujer es una de las piezas claves del sistema de procesos que llaman universo.
Alguien podría decir: ¿qué sería vivir sin la mujer? Esta es una pregunta respondida. Ese es un proceso confirmado.
Hay procesos automáticos que, aunque algunos dan por hechos, son un engranaje colosal.
Sanar… ¡oh, sanar! Este es un proceso que demanda energía, cambio absoluto. Qué difícil es soltar aquello que nos daña o nos bloquea. El proceso de sanar necesita saber de dónde salió la emoción que lo colapsó todo, porque eliminándola el cuerpo vuelve a brillar.
Pero el proceso de eliminarlas va más allá de prender una vela; lleva soltar de verdad, como nunca antes has soltado. Lleva llorar como nunca antes has llorado. Lleva gritar con la voz del alma y los dientes.
La gratitud al sanar cierra este proceso: con el corazón lleno, con el pecho apretado.
Lo contrapuesto de sanar es morir, y ese es otro proceso.
Algunos eligen ir hacia ese proceso satisfechos porque cumplieron con los procesos a los que vinieron. Otros saben el día que llegará ese proceso.
Una vez había una señora religiosa y, mientras dormía, se le apareció una luz que le dijo:
—Hoy tú llegas al fin de este proceso. Ciérralo como entiendas.
Ella pensó:
“Oh, bendito. Ya no hay más nada que hacer. Lo que no hice quedó para la próxima, si es que hay. ¿Digo adiós? Pero ¿acaso querría ver las caras de la despedida? Mi testamento… debo llamar a mi abogado. No pensé que sería tan pronto. Dejo tantas cosas pendientes…”
Pero al final eligió consagrarse a aquello en lo que había basado su proceso en esta existencia.
Se tiró de la cama y llamó:
—¡Juan! Juan, que arranquen los tambores.
Juan reunió al equipo de religiosos consagrados y empezaron a sonar los tambores con fuerza, con vibración, con constancia.
Salió de la habitación vestida como una reina. Su vestido azul se arrastraba por el suelo. Cabeza en alto, porque ella era hija de Yemayá.
Y dijo:
—¡Silencio!
Levantó una mano, igualita a la reina Isabel.
—Cordialmente me despido de este proceso. Si hay más procesos no lo sé, pero en este yo los amo… y que venga más música, amigos.
Entonces volvieron a sonar los tambores, las flautas y las panderetas. Y tres horas después cayó en el piso, con la mirada fija en sus ojos grises.
Ella, como casi nadie, cerró ese proceso.
Procesos, procesos, procesos.
La vida es un proceso. Llegamos al mundo todos de la misma manera: desde el vientre de la mujer madre, mujer.
Unos deseados, otros no tanto; unos son un milagro, otros esperanza.
Cada madre construye ese proceso.
Bailamos a nuestro ritmo, con mejores y peores danzas. Aprendemos a cocinar o comemos lo que el otro cocina.
Entonces entendemos que hay procesos dentro de otros procesos; a esos los llamamos subprocesos.
Y que incluso hay subprocesos que, contrario a lo que todos pensamos, son más importantes que los procesos.

Procesos donde aprendemos haciendo! Son retadores xq no hay maestros, no hay una sola verdad, un solo camino, todos somos estudiantes en este proceso que es la vida. Vivamosla lo mejor posible, atrayendo buenas energías, conociéndonos, creciendo y sin hacer daño.