Cuando tomas lugares que no te corresponden, tomas el riesgo de ser olvidado.
Los lugares son como los zapatos al pie. Deben tener la medida perfecta, el confort perfecto.
Hay lugares a los que llegamos por azar y entonces nos adueñamos del momento, del espacio; ponemos nuestra energía, y esos lugares, cuando nos acogen, nos hacen sentir cálidos y vivos.
Hay lugares que nos llevan a la transformación, a la indagación, a conocernos de formas inéditas.
Pero hay otros lugares que simplemente tomamos por apego, por querer dar más de lo que se nos pide, por jugar con roles que nos autoimponemos. Y esos lugares, con el tiempo, nos desechan.
Un hombre joven nunca había tenido mujer y, de pronto, conoció a una de las que suelen llamar “mala mujer”. Aunque muchos lo aconsejaban: “esa persona te hará daño, esa persona no te conviene”, ese hombre joven, deseoso de ser amado, permanecía en ese mal amor.
¿Cuáles eran sus límites? ¿Por qué preferir la calidez de unos pechos gastados al plato de sopa caliente de la madre consagrada?
Hay lugares que nos acogen como hijos: entienden tus ideas, tus méritos, tus quejas; hasta resuelven tus dilemas. Ahí se crea una cierta comodidad y, aunque toque irnos, elegimos no hacerlo, porque la costumbre, como bien dice la canción, es más fuerte que el amor.
Hay lugares de los que no sabemos cómo escapar.
Qué infortunio estar donde no se quiere estar. Muchas veces lo que nos ata son cadenas de la mente, porque en verdad siempre tenemos la opción de abandonar.
Para el que migra, el lugar se vuelve algo tan fijo, tan enraizado, que trasciende lo físico y se convierte en plantar.
Plantar un lugar no es fácil: es reconstruir las paredes averiadas, es traer la comida que encanta, es mantener la identidad, es mostrar lo que somos. Porque hay lugares que van con nosotros, hay hogares que somos nosotros.
Una chica migró a Francia y decía “bonjour” con sabrosura, decía “bonjour” con guaguancó, y entonces los que la conocían sabían que, aunque saludar en Francia era “bonjour”, el de ella sabía a extranjera, porque ¿qué francés dice “bonjour” con tanta timba?
Elegir el lugar donde amar, donde ser esto o aquello, donde crecer, donde llorar, donde reír, es algo bien importante.
Porque hay lugares que nos alegran y otros que nos desarman la vida.

Hay que ser valiente para abandonar a veces tu zona de «confort» y salir a buscar tu lugar, incluso sin saber a dónde llegaremos, o con quién nos toparemos. Pero lo importante es, como bien dices, movernos hasta encontrar ese lugar que nos alegre la vida.
Ese lugar que nos alegra la vida y nos mantiene en nuestro eje es el más importante. Graciasss mimi!!